Café, té y desayuno: el trabajo de las mujeres que mueve la economía informal en Villa Juana

Santo Domingo. Frente al desempleo formal y el constante aumento del costo de la vida, cientos de amas de casa del barro Villa Juana, en la capital, transforman las galerías y frentes de sus viviendas en puestos de comida para ayudar en el sustento del hogar.
En vitrinas instaladas sobre pequeñas mesas, las emprendedoras ofertan víveres con huevo, salami, queso, bacalao o arenque, acompañados de café, té de jengibre, chocolate y arepas de yuca o maíz. La iniciativa busca generar ingresos diarios y aliviar el presupuesto familiar.
Ubicado en el corazón del Distrito Nacional, Villa Juana cuenta con más de 30,000 habitantes en apenas 1.7 kilómetros cuadrados. Esta alta densidad poblacional sostiene una intensa vida comunitaria y comercial.

Entre café, té y desayuno mujeres sostienen la economía informal en Villa Juana
A diferencia de comercios informales como gomeras o talleres de mecánica que ocupan las vías públicas, estas mesas se ubican dentro de los límites de la propiedad, respetando el paso por las aceras o calzadas.
A pesar de su cercanía con grandes avenidas y centros comerciales, el sector enfrenta una acentuada vulnerabilidad socioeconómica. En viviendas de espacios reducidos, las cargas del cuidado del hogar y la falta de oportunidades formales presionan diariamente a las familias.
Jorge González
La reconfiguración urbana que llenó el barrio de almacenes de mercancías diversas y tiendas de repuestos de vehículos, terminó creando el nicho para este comercio informal.
“Esta zona, igual que Villas Agrícolas, tiene mucho movimiento por la variedad de negocios. Diariamente vienen cientos de personas a buscar repuestos de vehículos; si hay un lugar para tomar café o desayunar, los empleados y clientes consumen aquí”, explicó Juan Antonio, rastreador de piezas del sector.

“Yo vendo pan tostado con queso y jamón, arepa, café, té, chocolate, jugos, imagínese cuando no se tiene un empleo hay que rendir los chelitos que entran en la casa”, dice Laura. Jorge González
Historias de subsistencia
El perfil de quienes lideran estos microcomercios es homogéneo: mujeres y madres de familia sin acceso al empleo formal debido a la edad, el nivel educativo o la falta de facilidades para el cuidado de los hijos. El negocio en la casa representa muchas veces la única fuente de liquidez inmediata.
Margarita Gerardo, de más de 60 años, instaló una vitrina en la entrada de su vivienda para cubrir gastos prioritarios. “Con esto pago la luz y aseguro la comida del día; aquí no hay jubilación, hay que buscarse el peso trabajando temprano”, expresó mientras servía un plato.
Una situación similar vive Ana Ramos, quien sostiene a sus tres hijos con la venta de arepas y café. “No conseguía trabajo por mi edad, así que puse la mesa en la puerta. De aquí salen los cuadernos y la medicina de mis muchachos”, comentó.

Hablar de algunos temas de política, del barrio, de los números que salieron anoche son cosas obligadas mientras se desayuna o se toma un café, chocolate o te. Jorge González
Esta dinámica barrial refleja el panorama laboral del país. Datos del Banco Central de la República Dominicana ubican la informalidad laboral en un 54.1 % de la fuerza de trabajo, lo que equivale a más de 2.8 millones de trabajadores. Las mujeres representan uno de los segmentos de mayor crecimiento dentro de este sector.
Magaly Trinidad (nombre ficticio), vendedora de arepitas de maíz, resumió la realidad de sus vecinas: “Nosotras las mujeres del barrio no tenemos seguro ni sueldo fijo, pero nos inventamos el trabajo para no dejar caer la casa”.
Por su parte, Lurdes, quien ofrece té, chocolate y panes rellenos desde hace tres años, destacó el valor de la autosuficiencia: “A veces las ventas bajan, pero no nos rendimos. De peso en peso una resuelve algo del día y no le pide nada a nadie”.

Arepa dulce y con sal, pan de maíz, café son de los alimentos exhibidos en vitrinas y son muy solicitados en las primeras horas de la mañana. Jorge González
Ante la carestía de la canasta familiar, las vitrinas de Villa Juana no solo dinamizan la economía interna del barrio ofreciendo desayunos accesibles; también funcionan como puntos de encuentro vecinal donde se tejen redes de apoyo mutuo y resiliencia comunitaria.
“Mire tener un negocito en la casa tiene sus ventajas. Uno vende mientras hace los quehaceres del hogar. Además, cualquiera de mis hijas que este aquí puede ayudar. Y si bien se consiguen los chelitos para pagar algunas cosas, también es un sacrificio. Hay que levantarse a las 5:00 de la mañana para tener todo listo”, Amalia Cruz, de 46 años.
FUENTE: elnacional









